Toca relatar el viaje a Isfahan, o Esfahan en persa, tercera ciudad del país situada en su centro geográfico, a unos 400 kilómetros al sur de Teherán. Por qué fuimos a Isfahán? Pues porque nos surgió una oportunidad de ir a hacer rafting a la vecina provincia de Chaharmahal va Bakhtiari, y lo empalmamos con otros dos días en Esfahan, para hacer el viaje redondo. Así que tiramos pallá unos cuantos currelas de las embajadas de España, Finlandia y Holanda. Ahí se nos ve muy guapos posando antes de empezar a bajar el río Armand.
A Esfahan fuimos en tren, en un talgo de la Renfe que tendría 40 años por lo menos. Al menos es barato, porque nos costó más un taxi de nuestra casa a la estación de Teherán (que está a más de 20 kilómetros) que el billete de tren. Costó 6 verdes (unos cuatro dólares) y tiene compartimentos con litera pa roncar a gusto al altu la lleba. Además, consejo para los fartones, nun fai falta cenar antes porque dante un chelo kebab de baldre y una taza de te.
Esfahan es una de mis ciudades favoritas, y no solo de Irán, sino en general. No tiene nada que ver con Teherán. Es una ciudad muy paseable, con mucha vida en la calle, y donde parece que en cada esquina hay un monumento: un mausoleo, una mezquita, un palacio…
Desde luego, el centro de la ciudad es Meydun-e-emam, o lo que es lo mismo, la plaza Jomeini, que es patrimonio de la Unesco. Es una de las plazas más grandes del mundo, rivalizando con la roja de Moscú o la de Tian An Men en Pekin.
Ahí está una vista desde una de las teterías que hay alrededor de la plaza.
En el centro de la plaza hay una fuente y un montón de jardines para tirarse ahí a echar el pigaciu.
Otra cosa que hicimos fue entrevistarnos con un mulá, vamos, con un clérigo chiita. Yo tenía muchos prejuicios hacia esa religión y decidí darle una oportunidad, a ver si lo que me contaba ese hombrecillo me hacía cambiar de opinión, pero sigo sin conseguir que esa religión me seduzca, bueno, ni esa ni ninguna otra, me temo que seré toda la vida un rojo ateo perdido para la causa. Al menos nos dieron unos zumiglios y unos pastelillos, y servidor, aunque tenía una diarrea de caballo no pudo evitar zamparse el suyo y los que dejaron por ahí los collaceos. Ye lo que tien ser un fartón, o como dice mi sobrina, un zampabollos.
Y qué más hicimos? Acudir a un espectáculo típico de Irán, que es ir a un zur-khune (es decir, la casa de la fuerza). Es algo complicado de describir. Combina baile con exhibiciones de fuerza, es decir, que mientras bailan levantan unos pesos tremendos. También a veces realizan unos rituales como si estuvieran rezando. Hay una persona que toca con un tambor los ritmos que bailan los atletas. Dejo una foto.
En el centro-sur de Irán se puede comer mucho más barato que en Teherán, aunque no hay la variedad de la capital. La mayor parte de los restaurantes son de comida tradicional.
Otro monumento típico de Esfahan es el palacio Chehel Sotun, literalmente la traducción sería palacio de las 40 columnas. Se llama así porque las columnas reflejen en el estanque que hay enfrente del palacio, y pareciera haber 40. No sé si se aprecia en la foto.
También hay que mencionar el río que hay en Isfahan, por desgracia estaba seco cuando yo estuve, pero ahora ya tiene agua de nuevo. En los puentes hay teterías y locales de cachimba.
Esfahan también tienen barrio armenio. Los armenios fueron acogidos en Irán durante alguna de las muchas guerras que tuvieron turcos y armenios. Tienen un estatus especial: pueden seguir practicando su religión ortodoxa, y dentro de sus locales las mujeres pueden ir destapadas, se puede comer cerdo y beber alcohol. Lo de abajo sería la catedral armenia de Isfahan.
Lo último que visitamos fue un templo zoroastriano en una montaña a las afueras de la ciudad.
Sin duda, lo mejor eran las vistas desde allí.
Y esto es todo, pero aún queda material para seguir escribiendo. Volveré pronto.










